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2 de mayo de 2020

MUNDO: LA PANDEMIA Y EL RUMBO( Por el lic. Carlos Santiago)

Como nunca antes, ese virus microscópico nos ha puesto frente a la fragilidad de nuestra propia existencia. En pocos meses nos ha cambiado la vida, los hábitos y nos obligó a un aislamiento generalizado.

Pero además, nos está haciendo experimentar una incertidumbre enorme. Por empezar que no sabemos a ciencia cierta y con exactitud la cantidad de fallecidos diarios y tampoco cuando finalizará la tragedia. Al desconocer el final nos aferramos a la esperanza de una vacuna que todo indica que se demorará bastante tiempo, entre la experimentación y su aplicación a todos los humanos. En ese contexto, puede observarse en nuestro país que desde algunos sectores hay mucha ansiedad por saber cuándo comenzarán a restablecerse las actividades económicas ante la tremenda caída de la producción y el consumo. En los medios de información dominantes se reclama sin disimulo un abandono de la cuarentena y la pronta “vuelta al trabajo”. La incertidumbre de cómo impactará el receso en el ámbito laboral, el desempleo, la pobreza, el comercio, y la actividad industrial, crece con el correr de los días. Un tema que aparece en el centro del debate es y seguirá siendo el lugar y el tipo de Estado que habrá de instrumentarse al finalizar la tragedia. Después de años de inculcarnos que lo mejor para todos era en Estado chico, que no entorpeciera la actividad privada y el libre juego de los mercados, esos mismos liberales pasaron ahora a reclamar un Estado activo, eficiente y protector ante la indefensión y la incertidumbre en que estamos inmersos. La diferencia con los sectores populares estriba en que éstos últimos lo reclamaron desde siempre, en razón de su desventaja frente a los poderosos. En definitiva, el coronavirus vino a poner en evidencia lo que ya se sabía pero no se terminaba de asumir. El capitalismo es un sistema depredador y destructivo, que acrecienta las desigualdades y que en estos días muestra claramente su desprecio por la vida humana. Las actitudes de líderes mundiales como Trump, Johnson y Bolsonaro, superados por el número de muertos como consecuencia de la pandemia que ellos en un principio minimizaron, lo pone una vez más en evidencia. Es que para el modelo neoliberal lo primero es la actividad económica, que en definitiva es la manera de seguir acumulando grandes fortunas. Por eso no dudan en subestimar los efectos de la pandemia y en seguir reclamando la reanudación de las actividades. Eso explica también las excusas de Trump señalando a China como el causante de la pandemia; desautorizando a los científicos y desfinanciando a la Organización Mundial de la Salud, mientras acusa a los demócratas de su país de utilizar al coronavirus con fines políticos partidarios. Su discípulo Bolsonaro maneja parecidos pretextos renunciado a su Ministro de Salud por contradecir sus opiniones sobre la pandemia; pero además desautoriza a sus gobernadores y se pelea con su funcionario Moro. Pero ahora Bolsonaro ha ido más lejos, argumentando que lo de la pandemia tiene objetivos totalitarios . . . Es que el canciller de ese país, Ernesto Araújo, advirtió sobre un supuesto plan global que estaría valiéndose de la pandemia para implementar el comunismo en el mundo, a través de organismos internacionales como la O.M.S. Ante la incertidumbre que antes mencionamos, muchas cosas están puestas en discusión: En primer lugar y como ya se dijo, qué tipo y cuál será el papel del Estado luego de finalizada la pandemia. El valor de los nacionalismos, el alcance del proteccionismo y el destino de la tan mentada globalización. Las nuevas relaciones internacionales, sus liderazgos y el futuro papel de los organismos internacionales. El futuro político del neoliberalismo, de los organismos financieros internacionales y de las nuevas alianzas y bloques entre los países del globo. El debate será ineludible a la luz de lo ocurrido durante la tragedia del coronavirus. La pandemia no hizo más que precipitar algo que ya asomaba en el horizonte político mundial. La declinación de un modelo de acumulación capitalista que concentra de manera progresiva la riqueza en cada vez menos manos y la ineficacia e impotencia de un sistema político que ha transformado a las democracias del mundo, en verdaderas cáscaras vacías. Ahora bien, en cuanto a la realidad de nuestro país por estos días, es necesario valorar el ejemplo de tantos argentinos y argentinas pertenecientes a los sectores más vulnerables, que están protagonizando la cuarentena con grandes dificultades, pero también con una dignidad encomiable. Por el contrario, enfrente aparecen grupos de los sectores medios y caracterizados personajes de la población más poderosos de nuestra sociedad, acompañados y respaldados por la prensa hegemónica en franca oposición a muchas de las medidas del gobierno de Alberto Fernández. Los mismos miembros del poder real que hoy se oponen a la aplicación de un impuesto a las grandes fortunas, mientras reclaman más asistencia del Estado. Así están las cosas, dos sectores sociales con intereses en pugna, posicionados de manera diferente frente a un gobierno que trata de cuidar la salud de los argentinos sin descuidar la economía. Que debe lidiar con la herencia de un país arrasado, con una deuda externa que hipoteca el futuro de las generaciones venideras y con un poder real que sólo se retiró de los primeros planos, pero que sigue agazapado, esperando un traspié del gobierno para desgastarlo y desestabilizarlo, como tantas veces lo ha hecho a lo largo de la historia. La dirección del proceso político del país se mueve entre estas dos variables, con tironeo para un lado y otro, pero en lo fundamental haciendo honor al enunciado del Presidente en sus primeros días de gobierno, cuando implementó la tarjeta alimentaria cumpliendo con aquello de priorizar la atención a los más rezagados, a los últimos. Prof. Carlos R. Santiago

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